Un paso, dos pasos, tres... llegué. ¿A dónde? No lo sé. Pero es, seguro, un inicio para seguir caminando.
Escuchaba el fluir del agua en el pequeño molino. Me encantaba sentir como la vida daba vueltas alrededor mío.
La zapatilla estaba rota. Vamos, que llamar despegada a la suela era sencillamente un eufemismo. Aún así, como era incapaz de imaginarme cómo sería caminar sin ella, me la puse. Creo, que en términos generales fue una buena decisión, aunque tuviese que andar todo ese recorrido haciendo el pino.
Dejé caer la piedra barranco abajo. Esperé un pequeño rato. Y ahí estaba de vuelta, subiendo trabajosamente la pendiente como un obediente Sísifo.
Érase una vez que se era un reloj cuyas manillas andaban en todas las direcciones. Un buen día, cansado de tanta desobediencia, el reloj decidió quedarse de brazos cruzados.
Brevemente recuperé un instante de mis vidas pasadas. Es el pavor de la metempsicosis. Espero no volver a ser nunca otro yoyó.
La célula procariota saltó de la epidermis. Prefería desaparecer a ser cómplice de ese terrorífico perpetum mobile del cuerpo humano.
¿Por qué estos libros? ¿Qué tienen que ver con nuestra vida cotidiana? Un viaje a través de los clásicos que se vinculan a mi vida, releyendo sus palabras a través de acontecimientos propios que seguramente sean equivalentes a los vividos por los "otros".
sábado, 16 de junio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
Dracula: Bram Stoker
‘Listen to them – the children of the night.
What music they make!’
El mito del hombre inmortal, el
demonio atemporal con mente de niño que planea expandir su extirpe por el mundo
entero, superando la natural barrera de los Cárpatos. Cuantas leyendas,
cuentos, historias hay bajo el nombre del Conde Vlad ‘Tepes’ Dracul. El horror
británico que se metió en nuestras mentes gracias a la magnífica interpretación
de locos como Béla Lugosi o Chistopher Lee. Personaje que ha seducido a los
grandes actores de todas las épocas, siendo sin embargo no más que un
antagonista que apenas aparece en la novela de Stoker, si bien, siempre está
presente. Comienzas a leer el diario de Jonathan Harker, quizá la parte más
inspirada de la novela, y sientes como la superstición rumana se infiltra por
tus venas hasta la amígdala de tu cerebro. Lees, ávido, las páginas que se
desbordan del libro, mientras con la mirada recorres las sombras de tu habitación,
temiendo en cada momento descubrir aquello que no osas ni pensar.
Todos conocemos la leyenda de Drácula
y hemos visto innumerables películas sobre el tema, algunas de ellas
clasificadas con el infame símbolo de los “dos rombos”. Pero, pararte a leer el
libro, despacio, como si no conocieras los detalles es, sencillamente,
escalofriante. Nada más lejos de la comodidad de nuestro siglo, donde los
enemigos residen en los congresos y los bancos, que pensar en la aterradora
escena en la que Jonathan está afeitándose en sus aposentos del castillo-Drácula y descubre, por vez primera, que el conde no tiene reflejo en el espejo. Imaginad
por un solo instante que un día te levantas al lado de tu pareja y, mientras te
abraza en el espejo del baño, descubres que no se refleja. Si consigues meterte
en la piel de Jonathan como si fueras un actor Stanislavski puedes sentir todo
el poder de la novela y comprender por qué es tan importante.
Otro de los aspectos fascinantes
del libro es el poder del tiempo. Esto se hace notar cuando Van Helsing explica
a sus amigos que o detienen a Drácula ahora o sencillamente se encerrará en su
castillo el tiempo suficiente como para que ellos mueran. De esta forma sus
perseguidores y enemigos habrán desaparecido y Mina será su nueva esposa al
volver de entre los muertos. Tan sencillo como tener un santuario para poder utilizar
el mundo a tu antojo. Decido conquistar una parte de Turquía, bueno, pues ataco
una y otra vez hasta que lo consiga. De ahí los relatos en los que Drácula
explica como armaba ejército tras ejército para acabar con el infiel turco y
tras la batalla sólo él regresaba al castillo. Tengo que colonizar Inglaterra,
bueno, tengo toda una eternidad para aprender el idioma, conocer sus costumbres
y esperar a que haya barcos los suficientemente rápidos como para poder
llevarme sin peligro. Sólo hay un enorme 'pero' a tan grande poder: la soledad.
La terrible soledad.
¿Por qué nos fascina la
inmortalidad? ¿Por miedo a
desaparecer? ¿Por el poder que otorga? ¿Por la pérdida de valores que
puede conllevar? En todas las culturas, en todas las religiones, en todas las épocas
han existido relatos sobre le inmortalidad: mitos, leyendas, evangelios…
Quizá sea que la vida nos parece
demasiado pequeña, y por eso, constantemente oímos una voz en nuestro interior,
que como Drácula, nos invita a perseguirla:
‘Wellcome
to my house. Come freely. Go safely; and leave something of the happiness you
bring!’
domingo, 15 de abril de 2012
El Doble: Dostoievski
Voy el otro día, salgo del
ascensor, y al torcer a la derecha me doy cuenta de que otro yo está torciendo
a la izquierda. Me paro, le miro. Es igual. ¿Soy yo o es acaso ese de ahí el
verdadero yo? ¿Habré confundido mis cereales con las pastillitas de colores que
guardaba para la senectud? Completamente extrañado decido seguirme y espiarme.
El otro yo va vestido exactamente igual que yo: mismos pantalones, misma
camisa, misma corbata, hasta la misma mancha en el pantalón. Él parece totalmente indiferente a mí, no se percata de mi
presencia. No sé, creo que debe de tratarse de algún programa de cámara oculta
o algo así, al fin y al cabo no he conseguido verme bien la cara en el otro yo.
Continúo con mi espionaje y decido comprobar a dónde va a esta hora de la
mañana. Mi otro yo va bajando Santa Engracia hacia el metro, pica el billete y
se va a la línea 4. Una vez en el vagón saca el mismo libro de Drácula que
estoy leyéndome yo. Para no despertar sospechas me monto un par de vagones
atrás y le miro de soslayo. Se baja en la última parada, Argüelles. De ahí toma
el 133 y se apea en la parada de la UNED. No puede ser que vaya a mi mismo
sitio. ¿Y si cada vez que me quedo escribiendo en casa este tipo se disfraza de
mí y se va a trabajar a mi trabajo? ¿Y si no es un programa de cámara oculta
sino un complot para quitarme del medio y suplantarme? Un sudor frío, e inodoro, comienza a recorrer los diferentes pliegues de mi rostro asustado. El mundo
empieza a tambalearse a mi alrededor y me da vueltas. Mi seguridad se evapora
en un simple Pluff! En el estupor, mi otro yo me ha ganado unas decenas de
metros de distancia, así que decido correr para alcanzarle y acabar con esta
farsa. Pero justo cuando salgo de la cuesta le veo hablando con Pastora, mi
compañera de trabajo. Habla con ella como si nada, como si fuera yo. Es en ese
momento cuando siento un peso terrible en las piernas, que supongo proviene de
la densidad que está adquiriendo mi alma. Me acobardo y pensando que mejor será
volver a casa y quedarme allí escondido hasta mañana, me doy la vuelta y me dirijo,
de nuevo, hacia el autobús. Cuando voy llegando a casa, cabizbajo y atemorizado, me topo en la puerta con mi doble, vestido exactamente igual que yo. Ahora, de
cerca, puedo verle claramente la cara, mi rostro. Ante mi expresión de estupefacción
él me dedica un cordial saludo con una sonrisa maliciosa. Avanzamos
conjuntamente hasta el ascensor, el uno con seguridad y el otro como arrastrado por una inercia
incomprensible. Abre el ascensor y me cede el sitio para que pase primero.
Entro y con las lágrimas contenidas me miro la punta de mis zapatos. El ascensor
comienza su ascenso. Pero no noto su presencia. Levanto la vista y no hay nadie
detrás de mí. Entonces se me ocurre que…, giro lentamente la vista hacia el espejo
y allí le veo, sonriente, seguro, casi divertido, con la mancha de café en la
pernera contraria de mi pantalón.
Si os ha gustado no dejéis de leer El Doble
domingo, 8 de abril de 2012
Trópico de Cáncer: Henry Miller
Hace años, un idiota, que hacíase
pasar por amigo de mi amable Sofía, le dijo que no se extrañaba de que
estuviese deprimida, que lo que tenía que hacer era dejar de leer “esos”
libros. Ese chaval nunca entendió dos cosas. La primera es que Sofía no estaba
deprimida, vivía la tristeza. La segunda es que ningún amigo te dirá que dejes
de leer buenos libros.
Si Sofía fue mi Trópico de
Cáncer, el de Capricornio fue sin duda Giusseppe (y quizás, posteriormente, Toni).
Como recuerdo aquellas largas tardes en la Cava del Humulladero, y las más que
incansables noches en las que ya no sabías donde meter tanto vino. Eso fue
probar un poco del dulce néctar de la vida cancerígena. Dulce y caótica.
Caótica de necesidad pues te lleva a romper con los canales convencionales del
desarrollo personal. Te lleva a buscar otras cosas y a poner en duda los valores
preestablecidos. Aunque, al tiempo, te lleva a buscarte a ti mismo, a aprender
a apreciar los defectos que te hacen único, a entender que no hay razón para
que estés aquí, que no hay guía más allá de la que tú mismo te puedas
construir: la segunda fase del existencialismo, la superación de la Nausea. Y a
eso me ayudó mucho Toni, aunque él no lo sepa; pero fue Giusseppe el que, como
Miller en su correspondencia con Durrell, me mostró lo que él ya había vivido.
Toni y yo éramos no más que aprendices de otro aprendiz más viejo.
Como escribía una olvidada amiga hace poco en facebook. Nota mental: recuperar a Sofía, Giusseppe y Toni.
Ese París bohemio, esa América
perdida llenaron muchas horas de mis lecturas en aquella época. Es extraño como
uno cuanto más joven y enérgico más necesitado está de sentir la “nausea”. De
aquellas lecturas oscuras y conversaciones insaciables, aunque muchas veces
silenciosas, con Sofía pasé a otro tipo de contacto existencial. Me encontré
con otro personaje vinculado a los Miller, Durrell, Nin y demás de este mundo.
Si Sofía fue mi Trópico de
Cáncer, el de Capricornio fue sin duda Giusseppe (y quizás, posteriormente, Toni).
Como recuerdo aquellas largas tardes en la Cava del Humulladero, y las más que
incansables noches en las que ya no sabías donde meter tanto vino. Eso fue
probar un poco del dulce néctar de la vida cancerígena. Dulce y caótica.
Caótica de necesidad pues te lleva a romper con los canales convencionales del
desarrollo personal. Te lleva a buscar otras cosas y a poner en duda los valores
preestablecidos. Aunque, al tiempo, te lleva a buscarte a ti mismo, a aprender
a apreciar los defectos que te hacen único, a entender que no hay razón para
que estés aquí, que no hay guía más allá de la que tú mismo te puedas
construir: la segunda fase del existencialismo, la superación de la Nausea. Y a
eso me ayudó mucho Toni, aunque él no lo sepa; pero fue Giusseppe el que, como
Miller en su correspondencia con Durrell, me mostró lo que él ya había vivido.
Toni y yo éramos no más que aprendices de otro aprendiz más viejo.
Antes, hablando de la segunda
fase del existencialismo, dijo que no hay razón para estar aquí. Y eso es algo
que bien comprendió Sísifo. Por eso, para sentirnos vivos, para sentirnos
humanos, somos nosotros mismos los que debemos buscar y dar sentido a nuestra
existencia. Como explicaba Sartre a todos los criticones de sofá en el París de
la Postguerra, ese es el camino para alcanzar la tercera fase del
existencialismo, en la que uno se da cuenta de que, lejos del Nihilismo, el
existencialismo es un humanismo.
Llegar a ese humanismo es
complicado. ¿Lo he alcanzado? No lo sé, supongo que en parte sí y en parte no.
La nausea la sentí y la tristeza, aunque la tema, sé cómo vivirla. Cuestionar
el camino y buscarme a mí mismo es algo que hago a cada paso. Haberle dado un
sentido a mi vida…, creo que no, que aún no he encontrado ese sentido. Pero al
menos, por el camino, me he encontrado con María.
Como escribía una olvidada amiga hace poco en facebook. Nota mental: recuperar a Sofía, Giusseppe y Toni.
jueves, 5 de abril de 2012
The rime of the Ancient Marinere: Coleridge
La vanidad humana lo domina todo.
Pero el ser humano es pequeño, minúsculo. Aunque sólo nos damos cuenta de ello cuando nos perdemos en mitad del océano, nos aislamos en la cima de una montaña
o nos quedamos absortos en la inmensidad de las estrellas. Ese es el motivo por el que siempre la mar ha tenido un
magnetismo especial con nosotros, los humanos. Es por ello que le damos ese
significado de profundidad y plenitud. Por ello que hemos conseguido crear
obras como “La mar” de Debussy o “El naufragio” de Turner. El hombre-Dios
necesita entender su miseria para comprender que no es más que uno entre el
resto de los animales. Necesita sufrir.
Hace años, caminaba, como todos
los días, por el campus de la Universidad Autónoma. Iba de camino entre el tren
y la facultad, sumido en mis pensamientos, como todas las mañanas. Pensando en
mí miraba al suelo, a veces a la gente que pasaba a mi lado, sobre todo si era
alguna chica adecentada. Pero sin más, miré hacia arriba, no hacia el cielo y
dios, sino hacía la copa de los árboles y la luz que por ellos se filtraba. Y
me sentí alegre, sin pensamiento, pero alegre. Sencillamente me sentí vivo, y
que mis temas eran sólo eso, mis asuntos. Me quedé un rato mirando a las copas
de los árboles y seguí caminando, pero andaba mientras miraba hacia arriba, no
hacia abajo. Ese pequeño detalle cambió bastante mi vida. Entre otras cosas,
cuando ando triste y melancólico, trato de mirar hacia arriba y disfrutar de lo
que hay más grande que nosotros: las copas de los árboles, el aire frío, la
lluvia, las estrellas, aquella luna enorme y anaranjada que aparece en Otoño…
Supongo que la felicidad que se te transmite viene de sentirte un poco más
natural, un poco más parte de todo esto; tan difícil de sentirlo cuando vivimos
encerrados entre titánicos bloques de cemento y metal.
Así, que cuando esta mañana me he
leído The Rime of the Ancient Marinere me he sentido identificado. No, no
es identificado con el anciano marinero, no, me he sentido vinculado. He sufrido
cuando ha matado al albatros con su ballesta, cuando ha muerto su tripulación
porque la muerte les ha ganado una partida de dados, cuando el albatros muerto
se ha liberado de su cuello para volver junto a las esmeraldinas serpientes
marinas, cuando ha surcado los mares con vientos amigos y enemigos, cuando la
tripulación ha vuelto de la muerte para guiar el velero y cuando ha naufragado.
Pero sobre todo me he sentido vinculado cuando ha entendido lo minúsculos que
somos, lo humildes que debemos ser. Para él la causa, el origen y el fin de
todo era Dios. Yo no sé si Dios existe o no, tampoco me importa mucho, la
verdad; lo que sí sé es que soy endeble, que soy insignificante, que sólo
soy uno más de los animales que pueblan este mundo. Sé que debo ser humilde,
porque sólo a través de la humildad alcanzo la grandeza. No, no la grandeza
ante dios, sino ante mí mismo, sólo el que es humilde en su ser disfruta de
la vida. ¿Por qué? Porque quedarte boquiabierto observando cómo crece una brizna
de hierba, como se mueve el agua del mar que se acumula en una ola o como juega
tu perro te da vida. Y porque si uno no es humilde no se sorprende y deja de
apreciar todas esas pequeñas cosas que tanto valen. Porque si uno se descuida
acaba disparándole un virote al dulce albatros que vuela siguiendo la corriente
y eso es algo imperdonable.
Por fortuna tengo ahora algo tan
fascinante a mi alrededor que no puedo para de sorprenderme. Algo que la sabia
naturaleza hace, sin que nosotros nos podamos dar importancia. Eso, gracias a lo
cual crece y se forma el bebé en el interior de María, es algo que no me permite
dejar de sorprenderme, que me hace sentirme feliz y vivo, que me hace mirar a
la copa de los árboles en lugar de al suelo, que me hace navegar por las
estrellas infinitas y sumergirme en los fascinantes océanos.
sábado, 24 de marzo de 2012
Propopías: Los puntos
.
Pasadas ya las doce de la mañana
un punto se revolcó y revolcó hasta convertirse en línea. La línea, harta de
estar tumbada se erguió y junto su proyección en la sombra formó un triangulo.
El triangulo se dividió por meiosis hasta convertirse en una preciosa pirámide
tetraédrica. Fue en ese momento, cuando la pirámide, por un proceso de metempsicosis,
se volvió a transformar en un triste punto.
. & ,
El punto sonrió acalorado,
mirando con ternura las ardientes curvas de su compañera. La verdad la verdad
es que para ser un signo de puntuación esa coma estaba tremenda. Carraspeó
profundamente pensando en las incansables horas de sexo de las que podría
disfrutar con semejante pausa y se acercó gallardo. La coma le miró con
detenimiento, revisando cada pequeño pliegue de su redondez. Al final suspiró
comprendiendo que ese no era más que un punto y seguido.
. . .
Otro punto estaba esperando para
entrar en la Real academia de la lengua. Esperaba intranquilo, pues llevaba
allí más de dos horas. Le parecía increíble que no quisieran atenderle: con la
cantidad de problemas que podría resolver. Finalmente vio su opción. Dos puntos
con pase se apresuraban hacia la entrada y él, como si nada se coló a sus
espaldas como si fueran unos amables puntos suspensivos. Al menos había
conseguido entrar.
domingo, 18 de marzo de 2012
Tarás Bulba: Nikolai Gogol
Recuerdo como hace muchos, muchos años, en la adolescencia, mis padres me compraron algunos libros de una maravillosa colección titulada “Tus libros”, de la editorial ANAYA. Eran libros clásicos, aunque muy accesibles, pues todos ellas eran de aventuras: Ivanhoe, Flecha Negra, Robín Hood… Y entre ellos estaba ese libro con unas fenomenales ilustraciones llamado Tarás Bulba.
Hace apenas unas semanas surgió
en una conversación y nos preguntábamos quién era el autor del libro. De algún
rincón semiolvidado de mi memoria surgió la asociación: Tarás Bulba, de Nikolai Gogol. Pero no estaba seguro, así que fui a
ver si el libro estaba donde yo recordaba y lo encontré. Lo encontré y me llamó
la atención tanto que me lo llevé a mi casa. Me traía tantos recuerdos de esas
noches leyendo aventuras. Fue un momento de mi vida donde descubrí que había
una tremenda cantidad de aventuras más allá del reino de Tolkien y R. A. Salvatore.
Así que me lo volví a leer y disfruté como un enano.
Es un libro corto, de hecho suele
venir editado dentro de un compendio de obras escogidas de Gogol. En el libro
se cuentan los ires y venires de Tarás Bulba, un añejo coronel retirado y sus
dos hijos, Ostap y Alexei. Cuenta también la historia de los cosacos de Kiev,
la actual Ucrania, y sus vicisitudes con los invasores polacos, los tártaros y
el imperio otomano. Habla también del honor, del amor, de la dignidad y del
valor. Los rasgos que según Gogol definen a un cosaco, bueno, junto con
manirroto, mujeriego, borracho y alborotador. Tarás Bulba es un libro lleno de
descripciones apasionadas de los paisajes de la estepa que tienen tanto
colorido y olor que al leerlos sientes estar ahí cabalgando a galope tendido
sobre las verdes sendas de libertad.
“Conforme avanzaban, la estepa iba adquiriendo mayor belleza. Toda la
parte meridional que hoy constituye la Nueva Rusia hasta el mismo Mar Negro era
una inmensidad de vegetación virgen. El arado no había pasado nunca por el
inconmensurable oleaje de las plantas silvestres. Las habían hollado tan sólo
los caballos que se ocultaban en ellas como en un bosque. No podía haber nada
mejor en la naturaleza. Toda la superficie de la tierra era un océano
verdigualda salpicado de miles de flores distintas. Entre los altos y delgados
tallos de la hierba traslucían los
acianos de color celeste, azul o liliáceo; la ginesta amarilla lanzaba hacia
arriba su inflorescencia piramidal; el trébol blanco salpicaba la superficie
con sus umbelas, y una espiga de trigo, venida Dios sabe de dónde, maduraba en
medio de todos ellos. Pegadas a la tierra correteaban las perdices alargando el
cuello. En el aire vibraban miles de voces distintas de aves…”
Galopando libres en sus veloces
corceles en busca de la camaradería de la Zaporozhie, de ahí, junto al ejército
de Zaporogos a defender la dignidad de la verdadera religión frente a los
agravios judíos y polacos. Asaltos, asedios, crímenes, traiciones, heroicidades…
Además, otro de los grades atractivos de este relato es que su narración es la
que más se asemeja a la de la Ilíada. Batallas en las que aparecen héroes cuyas
hazañas son recontadas entre paréntesis antes del desenlace de su duelo con otro
campeón polaco. Pero ante todo es un libro de carácter, un libro de
personalidades, de lo que cada uno de nosotros prima en la definición de sí
mismo. Y, me pregunto, ¿quién no querría, al menos en parte, ser Tarás Bulba?
Ser alguien de quién al final de sus días, los jóvenes no dejen de hablar de ti,
de tenerte como guía, como alguien que, aún después de muerto, puede ayudar a
los que son de los tuyos.
domingo, 11 de marzo de 2012
El hombre que pudo reinar: Rudyard Kipling
“Hermano de un príncipe y compañero de un mendigo ha de ser para ser digno”
Esta es una de esas aventuras que
te transportan más allá de tus mundanas fronteras del día a día, una de las que
te hacen ponerte un turbante en la cabeza y creerte el Gran Alejandro en mitad
de un reino enterrado en el olvido. Peachey Taliaferro Carnehan y Daniel
Dravot, ex-oficiales del real ejercito de su majestad, olvidados en las lejanas
tierras en busca de cualquier aventura y beneficio. Dos hombres y varias mulas
cargadas de rifles que se disponen a cruzar en el peor de los momentos una
montaña imposible, el imposible que les separa de los sueños. Aquello que sería
ya de por sí una aventura increíble es no más que el inicio de lo que más
adelante será la verdadera historia de “El hombre que pudo reinar”. Y es
interesante que la traducción haya sido realizada con la estructura de “el que
pudo”, es interesante porque deja en claroscuro sobre si tuvo el poder de
reinar o fue sólo una tentativa nula. En realidad lo que sí que hizo Daniel
Dravot fue reinar sobre su propia vida y su decisión.
Decisión es lo que te lleva a
avanzar, pero no lo que define el camino. El camino está muchas veces definido
por otras cosas: cómo un puñado de supersticiones que pueden hacerte caer hasta
lo más bajo o encumbrarte en el trono de un imperio. En este caso, algo tan
sencillo como un amuleto de los masones: la escuadra y el compás, herramientas
básicas para el diseño de las catedrales, y en el centro una “g” perteneciente
a la palabra “gnosis”. Ese símbolo unido a la leyenda de Alejandro el Magno es
la que hace que un hombre de carne y hueso como Daniel Dravot se transforme en
un dios. ¿Y qué es lo único que puede derrotar a un dios? El amor ciego, al que
no obedece ni el algebra, ni la gnosis, ni la razón. Ese es el otro gran
elemento que conforma el camino por el que transcurre la voluntad de Daniel, y del
resto de los hombres.
Siempre se dice que detrás de una
gran guerra hay una pérfida mujer o una ignota doncella que desencadena el
conflicto, como si ella fuese la causante, la mala. Supongo que es una
explicación creada por los hombres que tenían el poder con el fin de justificar
sus bárbaros actos y quedar exculpados de toda responsabilidad. Pero la verdad
es que lo que hay detrás de toda gran guerra es una obsesión: por un hombre,
por una mujer, por un cacho de tierra o por la gloria. En este caso, Kipling
hace pendular la historia en perfecta armonía entre las tres fuerzas: la
voluntad, el misticismo y la pulsión obsesiva del amor.
Pero si esos tres elementos son
el esqueleto de la historia, la sangre que borbotea, el corazón que palpita es
la amistad, la amistad indestructible entre Daniel Dravot y Peachy Carnehan.
Amistad que dura más que la propia muerte.
Esta es una historia que me ha
fascinado siempre, primero a través del a fantástica película interpretada por
Sean Connery y Michael Kein y después a través del relato escrito. Es una
historia que me ha emocionado, que me ha transportado, que me ha hecho vivir
otras vidas e interesarme por un momento histórico muy alejado del mío. Es una
historia que, sobre todo, me ha hecho prestar más atención a la voluntad con la
que debemos afrontar la vida, a la cultura y lo desconocido que nos rodea
siempre, al amor por el que debemos luchar cada segundo de nuestras vidas,
aunque sobre todo… a la amistad. Me ha hecho prestar atención a todas estas
cosas porque bajo ningún concepto quiero yo perderme una aventura como esta.
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