‘Listen to them – the children of the night.
What music they make!’
El mito del hombre inmortal, el
demonio atemporal con mente de niño que planea expandir su extirpe por el mundo
entero, superando la natural barrera de los Cárpatos. Cuantas leyendas,
cuentos, historias hay bajo el nombre del Conde Vlad ‘Tepes’ Dracul. El horror
británico que se metió en nuestras mentes gracias a la magnífica interpretación
de locos como Béla Lugosi o Chistopher Lee. Personaje que ha seducido a los
grandes actores de todas las épocas, siendo sin embargo no más que un
antagonista que apenas aparece en la novela de Stoker, si bien, siempre está
presente. Comienzas a leer el diario de Jonathan Harker, quizá la parte más
inspirada de la novela, y sientes como la superstición rumana se infiltra por
tus venas hasta la amígdala de tu cerebro. Lees, ávido, las páginas que se
desbordan del libro, mientras con la mirada recorres las sombras de tu habitación,
temiendo en cada momento descubrir aquello que no osas ni pensar.
Todos conocemos la leyenda de Drácula
y hemos visto innumerables películas sobre el tema, algunas de ellas
clasificadas con el infame símbolo de los “dos rombos”. Pero, pararte a leer el
libro, despacio, como si no conocieras los detalles es, sencillamente,
escalofriante. Nada más lejos de la comodidad de nuestro siglo, donde los
enemigos residen en los congresos y los bancos, que pensar en la aterradora
escena en la que Jonathan está afeitándose en sus aposentos del castillo-Drácula y descubre, por vez primera, que el conde no tiene reflejo en el espejo. Imaginad
por un solo instante que un día te levantas al lado de tu pareja y, mientras te
abraza en el espejo del baño, descubres que no se refleja. Si consigues meterte
en la piel de Jonathan como si fueras un actor Stanislavski puedes sentir todo
el poder de la novela y comprender por qué es tan importante.
Otro de los aspectos fascinantes
del libro es el poder del tiempo. Esto se hace notar cuando Van Helsing explica
a sus amigos que o detienen a Drácula ahora o sencillamente se encerrará en su
castillo el tiempo suficiente como para que ellos mueran. De esta forma sus
perseguidores y enemigos habrán desaparecido y Mina será su nueva esposa al
volver de entre los muertos. Tan sencillo como tener un santuario para poder utilizar
el mundo a tu antojo. Decido conquistar una parte de Turquía, bueno, pues ataco
una y otra vez hasta que lo consiga. De ahí los relatos en los que Drácula
explica como armaba ejército tras ejército para acabar con el infiel turco y
tras la batalla sólo él regresaba al castillo. Tengo que colonizar Inglaterra,
bueno, tengo toda una eternidad para aprender el idioma, conocer sus costumbres
y esperar a que haya barcos los suficientemente rápidos como para poder
llevarme sin peligro. Sólo hay un enorme 'pero' a tan grande poder: la soledad.
La terrible soledad.
¿Por qué nos fascina la
inmortalidad? ¿Por miedo a
desaparecer? ¿Por el poder que otorga? ¿Por la pérdida de valores que
puede conllevar? En todas las culturas, en todas las religiones, en todas las épocas
han existido relatos sobre le inmortalidad: mitos, leyendas, evangelios…
Quizá sea que la vida nos parece
demasiado pequeña, y por eso, constantemente oímos una voz en nuestro interior,
que como Drácula, nos invita a perseguirla:
‘Wellcome
to my house. Come freely. Go safely; and leave something of the happiness you
bring!’