domingo, 13 de noviembre de 2011

La Saga de Eirík el Rojo


De siempre nos han acompañado los cuentos y las historias. Desde que el humano habla ha contado cuentos. Leyendas con los que nos enseñaban aquello que era temible o peligroso, aquello a lo que debíamos aspirar y perseguir para ser dignos, relatos para recordar a los antepasados caídos, cuentos para construir nuestra historia y darnos ansias de quedar nosotros mismos inmortalizados en los cánticos, poemas y romances que recitaban los bardos.

Skalds era el nombre que tenían un grupo de estos bardos, poetas vikingos que contaban las mayores hazañas de conquista por tierra y mar que ha habido nunca. Los bardos siempre transmitieron su saber de forma oral, de pueblo en pueblo, usando rimas fáciles o ritmos pegadizos para que la gente de los diferentes sitios pudiera, fácilmente, recordar sus versos. Quizás el poema más famoso de la literatura medieval escandinava sea el cantar de Beowulf. Poema épico del intrépido héroe que fue a ayudar al maldito rey de las tierras gaudas. Poema transmitido de viva voz entre los diferentes conquistadores vikingos hasta que en el S XV un monje británico lo escribió en manuscrito. ¿Pero, y más allá de Beowulf el leído, el cinematografiado, el conocido, alguien ha oído hablar de otros héroes semejantes, de otros poemas inmortales? Pues si de ellos alguno ha de ser rescatado del olvido es sin duda el de Eirik el Rojo, fundador de Groenlandia y “alma pater” del verdadero descubrimiento del nuevo continente, allá por el S XI.

Eirik el Rojo, Thorvald, Karlsefni, Bjarni, Freydís… héroes todos ellos dignos de alabanza, ejemplo para los que quedamos, aura de protección frente al olvido de la cultura antigua y su sabiduría. Ellos, montados en sus Drakar, surcando mares helados, con 40 hombres a sus espaldas fundaron reinos y destruyeron otros, tomaron esclavos y generaron príncipes, se enfrentaron al Inuit y a los salvajes, para al fin volver para morir en su patria. Paganos unos, católicos los otros, conviviendo y luchando juntos durante aquella disputa religiosa que se libraba en aquellos tiempos. Tan difícil es decidir si queremos alcanzar la inmortalidad con la espada en la mano gritando junto a Thor en el fragor de la batalla o rezando recogidos en un monasterio lleno de sepulcros y cipreses.

Pero ya no hay elección posible, los vikingos ya no existen, tampoco los héroes, ni parece posible descubrir nuevos mundos. Los dioses se confunden unos con otros porque nos es imposible creer ya en ellos. No más Drakar, no más espadas en alto, no más banquetes en el salón de los héroes, no más bardos, no más skalds, casi podríamos decir que no más poesía. No, no más. Pero, aunque el mundo sea así, serio e inimaginativo, quizás, sí, por qué no, quizás si abrimos uno de esos libros, una de esas antiguas sagas que cuentan las hazañas de los héroes islandeses o gaudos... Sí, claro que sí. Abro el libro, leo las primeras líneas y puedo verme allí, claramente dando muestras de desprecio irónico a la muerte, bebiendo, riendo, cabalgando las aguas de lo desconocido hasta la inmortalidad.

Quizás algún día alguien cante al calor de una hoguera algo así:
“Óláf se llamaba un señor de la guerra que era apodado Óláf el blanco. Era hijo del rey Ingjald Helgason, y este hijo de Óláf, y este hijo de Gudröd, y este de Hálfdan hueso blanco, rey de Uppland…”
Y quizás esa noche, en lugar de hablar de Óláf pongan ahí todos nuestros nombres. Nombres inmortales por todo lo que ya habremos hecho, por todo lo que ya habremos vivido. Para el recuerdo de los caídos, porque seremos historia, porque seremos la luz de faro que guíe a los que nos siguen. Esa es nuestra responsabilidad, ese es nuestro legado. ¿A qué nos debemos? A cantar nuestra Saga. En mi caso, La Saga de Manuel Rodríguez, ¿y en el tuyo?

domingo, 6 de noviembre de 2011

La isla del tesoro


Fifteen men on a death man’s chestyoh yoh yoh and a bottle of rumDrink and the devil had done for the restyoh yoh yoh and a bottle of rumThe mate was fixed by the bosun’s pikeThe bosun brained with a marlinspike

La Hispagnola surca los mares con el avaricioso brillo empujando sus aladas velas. Una tripulación nobles caballeros buscadores de fortuna liderados por el inmortal John Long Silver “Barbacue”. La pesadilla de Jim y del capitán Flint, el hombre con una sola pierna. Todo empieza en una pensión perdida en la que un fiero capitán decrépito se refugia de la Mancha Negra. De ahí, el ron y la canción hasta la isla perdida escondida en lo más profundo de su sagrado cofre prohibido. Black Dog, John Silver, Flint, Dr Livesey, Caballero Trelawney, Ben Gun y el valiente capitán Smollet, tremendo reparto para tamaña aventura. Quién no fuera el pequeño Jim Hawkins para enfrentarse a los piratas, confabularse con ellos, robar la Hispagnola, esconderse en un cubo de manzanas y enfrentar la muerte con  dignidad en los brazos de tu peor enemigo. Adentrarte en esta aventura te llena de juventud, de ansias de cualquier cosa.

Releyendo este viejo libro no he podido dejar de ir saltando entre los personajes identificándome totalmente con cada uno de ellos: la honradez de Livesey, la valentía de Smollet, la doblez de John Silver, la locura de Ben Gun y, cómo no, la avaricia por el secreto del temible capitán Flint. Yoh yoh yoh and a bottle of rum.
No sé qué tienen las aventuras de la mar, no sólo las de los piratas, que te llegan a lo más profundo, te remueven algo atávico que lleva latente más de X Siglos. Abro una página de uno de estos libros y desaparezco, verdaderamente me sumerjo. Esta en especial es de piratas, y vaya personajes son los piratas de novela. Los más deseados, quizás, rufianes valientes, ladrones con código y honor. Tipos que rechazan con vehemencia todo lo establecido y viven en sus sueños locos de conquista. Quién no es un poco pirata, aunque sólo sea un poco. A quién no le entran ganas de agarrar un buen pañuelo y un machete, subirse a lo alto de un mástil y rugir a los cuatro vientos sus ansias de aventura.

Aún recuerdo, y como olvidar, la primera vez que me topé con un pirata romántico, el de Espronceda.

¡Sentenciado estoy a muerte
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío
  Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Y qué más da la muerte, la penuria, el dolor o la injusticia si tenemos la pasión de luchar por aquello en lo que creemos. Si podemos liberarnos, ser de verdad libres. Eso es exactamente lo que siento cada vez que me sumerjo en estas historias de aventuras marinas. Algo que no tiene límites, ni fronteras, ni posesión. Un lugar donde puedes sentirte libre de los otros hombres, donde quién de verdad gobierna es la Naturaleza.
Encontrar un tesoro lleno de doblones, de luises, de escudos, de… qué importa todo el oro del mundo en comparación con la aventura de conseguirlo. Dudo que un solo pirata de los de verdad, de los de los libros, digo, renuncie a seguir buscando tesoros y hundiendo barcos después de haber desenterrado un cofre como el del Capitán Flint. No, no se rendirán a oro y la avaricia, no se quedarán tendidos en un gran casa, rellenos y engreídos, acariciando sus joyas y sus caros ropajes. No, a la menor palabra, el menor gesto, sus ojos volverán a brillar, el ansia surgirá, alistarán un bravucón ejercito de hombres de fortuna y allá irán de nuevo: a la mar.

Pendones al viento, rostros fieros, alfanjes y cañones, cabos tensos y a toda vela. Arriba, lo más cerca de los cielos, ondeando pura al viento la bandera de las calaveras, la Jolly Roger.

Prepárate mundo aquí estamos de nuevo, resurgidos del último ciclón, los piratas del honor, con el alfanje preparado, dispuestos a todo.

Fifteen men on a death man’s chestYoh yoh Yoh and a bottle of rum.


domingo, 30 de octubre de 2011

Cyrano de Berçerac

Muchos años hace ya desde que este libro cayó en mis manos. Leerlo por primera vez en mi adolescencia romántica y encontrarme con mi propio ser. Eso sí, un poco más cobarde, diría yo. Pero cobarde sólo en lo que a hazañas bélicas se refiere, pues el pudor y la vergüenza de dirigirle una sólo palabra a la persona amada eran, para él y para mí, la misma tortura. Como viví yo aquellos años en los que me buscaba a mí mismo, pensando, quizás demasiado, en la otra persona. Es el anhelo. Lo que te lleva a sentir esas pasiones grandilocuentes que un día te sumergen en los infiernos y al siguiente, quizás con una sola mirada, te ascienden hasta los cielos. Tantas caras, tantos sueños, tantas promesas: Vanessa, Penélope, María José… Hazañas no logradas que marcan mi pasado, experiencias llenas de vida y recuerdos de algo que ni siquiera llegó a ser un más allá.




La adolescencia de la pasión es la que más nos acerca al arte, al orgullo. Hace muchos años, mi profesora de literatura, María Victoria de Benito (Mavi) me dijo que es el sufrimiento el que nos hace crear obras de arte: de ahí nuestros maravillosos siglos de oro. Quizás llevase razón, al menos en parte. Sufrir y sentir necesidad de escribir es todo uno, aunque claro, eso no implica que lo escrito sea meritorio de ser leído. Al menos como purga vale, y si no que le pregunten al Marqués de Sade y su Justine.

Pero más allá del amor hay un rasgo en Cyrano con el que me sentía, y aún hoy siento, totalmente identificado, el orgullo. Y no hablo de la vanidad, sino del orgullo, el de verdad, el puro, el que te hace poder seguir siempre adelante. Recuerdo al inicio de la obra unos versos deliciosos, cuando Valvert quiere intimidarle considerándole simple plebeyo, hidalguillo sin guantes
Es más noble mi elegancia.Si visto con negligenciay cual dama no me aliño,es más blanca que el armiñoy más limpia mi conciencia.Pobre y humilde es mi traje;más el sol no me alumbrarasi mi claro honor mancharani aún la sombra de un ultraje.Al más estrecho deberme ciño, y no mi cinturapongo en constante torturapara buen talle tener.No soy siervo de la moda,mi voluntad es mi ley,y, orgulloso como un rey,hago cuanto me acomoda.Desprecio las vanidadesy el valor que estriba en telas,y hago sonar como espuelasa mi paso las verdades.(…)¡Venirme a insultarporque guantes no tenía!...Uno quedábame un día,recuerdo, de un viejo par.Bien pronto de él me libré;menguada molestia diome;vino un necio, importunome,y en su rostro lo dejé.

Jajá. Quién fuera Cyrano para tener el honor de dejar a alguien tan plantado. Tantos se lo merecen ya en este siglo nuestro. Aunque hay que reconocer que la lengua de Cyrano no sería lo mismo sin su espada. Recuerdo a Cyrano, manoseo el viejo libro de la colección Austral, releo sus páginas y versos y no puedo más que retrotraerme a mi adolescencia. A aquellos amores, a aquellos temores, a aquellos momentos tan importantes que vivía. Sentir cada día que estaba escondido en la penumbra de un patio recitando mis verdades a ella, la amada. Que en el secreto de la noche, camuflado este cuerpo menospreciado, sentía como a través de la sonoridad de la palabra se mostraba la fuerza de mi alma. Alma, que según yo, si ella la hubiese conocido de verdad, no hubiese dudado en arrojarse perdida a la mar de mis entrañas. Pero no, como nariz prominente, el miedo, el temor al ridículo, la vergüenza, la creencia en que ella nunca se fijaría en mi se levantaban para arrinconarte y dejarte fuera de la magia. Un simple amigo, como el cariño que Roxana hacia su primo-hermano, su mejor amigo, quizá, pero no más que amigo. Y un alma loca necesita ser amada.
¿Recordáis? Bajo el balcón
Cristián de amor os hablaba;
yo en la sombra, le apuntaba,
esclavo a mi condición.
Yo debajo, a padecer
y con mis ansias luchar;
otros arriba, a alcanzar
la gloría, el beso, el placer.
Es ley que aplaudo juicioso
con mi suerte en buen convenio:
porque Molière tiene genio,
porque Cristián era hermoso.
Sufrir en la sombra el amor que no es recibido, ¿quién no ha sentido eso alguna vez? ¿Quién no ha probado la amargura del desamor, del imposible que nunca se vuelve posible, sigue ahí distante, pero al alcance de la mano, sólo que un poco más lejos. Todos lo hemos sentido, pero pocos hemos tenido el valor de al menos hablar escondidos, bajo un balcón oscuro. El valor de poder hablar de amor, aunque ese amor no fuera a volver hacia ti. Cada vez que escucho a Depardieu susurrando con voz grave esos versos que suben despacio hasta el pequeño oído se me pone la carne de gallina. Y veo con claridad el placer que supone hablarle de amor a tu persona amada, aunque sea sólo para decirle lo que de verdad sientes.
¿No os parece
la ocasión deliciosa? No nos vemos:
sólo, en la oscuridad, adivinamos
que sois vos, que soy yo, que nos amamos…
Vos, si algo veis, es sólo la negrura
de mi capa; yo veo la blancura
de vuestra leve túnica de estío…
¡Dulce enigma, que halaga al par que asombra!
¡Somos, dulce bien mío.
vos una claridad y yo una sombra!
Vos ignoráis, idolatrado dueño,
lo que son para mí tales instantes…
Si alguna vez, en mi amoroso empeño,
fui elocuente… (R: ¡Lo fuiste!)
¡Ah señora!
De mi pecho palabras tan amantes
jamás salir pudieron hasta ahora.
(R: ¿Por qué?)
Porque os hablaba poseído
del vértigo que aturde al desdichado
al poder de esos ojos sometido.
(…)
De hablaros mi afán crece,
mas no sé qué me pasa, que parece
que por primera vez hablo esta noche.
Un soneto bajo un árbol, una caricia en un autobús, una broma en la clase o una visita cariñosa. Eso era el amor, ese amor desesperado, ese amor loco que todo lo puede, el que Quevedo definía como hielo abrasador y fuego helado. Luego vino el otro, el amor de verdad, el tangible, que te hace sentirte vivo, pero ya es diferente, ni mejor ni peor, diferente. Digamos que el amor pasional es el que te hace sentirte vivo, como cuando te clavas una aguja, y el amor verdadero o no exaltado es el que te hace vivir. El orgullo, el miedo, la tristeza, la desolación… todas esas emociones eran antes más fuertes que ahora, es como si un anestésico se filtrara progresivamente en nuestro cuerpo haciendo que todo sea menos intenso. Eso me da nostalgia, nostalgia de esas aventuras locas que acababan con tu cuerpo postrado y tu mente desnuda saltando por cataratas de fantasía. Ahora siento nostalghía (como la de Tarkovski) del poder de esas emociones y me pregunto por qué ahora las emociones son un poco menos emocionantes, por qué las tristezas son menos agudas, aunque más persistentes, por qué resulta difícil estar toda una tarde riéndose de nada en absoluto. ¿Por qué cuando miras o abrazas a tu pareja tienes un reloj mirándote fijamente con su alarma preparada? ¿Dónde está el tiempo para amarnos? ¿Por qué el amor ya no parece ser nuestra prioridad aquello que eclipsa cualquier otra obligación? Que alguien tenga el valor de decirle a Cyrano que su deber no es amar, que su deber no es el honor. ¿Que qué respondería?
¡Conseguiréis que mi furor estalle!
¿Coronarse de lauro alguno anhela?
Un reto a los del patio y la cazuela
dirijo. ¿Quién se atreve? ¡Fuera el miedo!
¡Quién sea, diga el nombre o alce el dedo!
Con el honor debido a un duelista
despacharé al primero de la lista.
¿Quién aspira a esa gloria? Caballero.
¿Vos?... ¡No! ¿Y vos? ¿Vos tampoco? ¿Ver mi
acero desnudo os da rubor? ¿Nadie se atreve?
Diablos, no volvería a los 15 años ni muerto. No, pero sí que recuperaría la fuerza de la pasión. Fuerza que recobré cuando conocí a María, cuando la sentía mirándome fuerte y mi corazón se desbocaba, cuando era un imposible que se tornaba a posible, cuando de la inseguridad de la adolescencia surgió la seguridad del amor. Y con certeza absoluta luchamos por estar juntos. Fuerza que en el día a día solemos olvidar y que nos encontramos de pronto, muchas veces, cuando retorna el fin de semana, lo más parecido a la adolescencia que existe en nuestro días. ¿Por qué no? Con el orgullo en alto, con la espada en guardia, dispuesto a luchar por todo aquello que nos merecemos, hoy aquí y ahora, gritando como un loco bajo un balcón oscuro, con voz de alma bramo: recuperemos el amor, amemos. Porque en esta vida todo, todo nos lo podrán quitar, todo salvo el amor y el orgullo.
¡Todo me lo quitaréis!
¡Todo! ¡El laurel y la rosa!
¡Pero quédame una cosa
que arrancarme no podréis!
El fango del deshonor
jamás llegó a salpicarla
y hoy, en el cielo, al dejarla
a las plantas del Señor,
he de mostrar sin empacho
que, ajena a toda vileza,
fue dechado de pureza
siempre; y es…
… mi penacho (=orgullo)


domingo, 23 de octubre de 2011

Gorilas en la Niebla: Dian Fossey



Ayer estaba tranquilamente sentado en el sofá viendo el telediario de después de comer. Sentíame yo todo un hombre: tranquilo, racional, alimentado con comida elaborada, bebiendo cerveza y tratando de entender qué coño me estaban diciendo. En ese momento apareció él en la pantalla, el político R (siéntase libre de completar el apellido en función de su partido político preferido). Fue el momento más importante de mi vida, el momento del cambio. Algo me captó de la imagen barbuda gesticulante que balbucía cosas que parecían querer ser mensajes. Movimientos que cada vez apreciaba como más cavernícolas. En mi mente comenzó el rico traje encorbatado a transformase en un precioso y tupido pelaje impermeable. Una broma pesada, me pregunté; una manipulación informativa de los medios de comunicación para cambiar nuestra intención de voto, seguí preguntándome. Pero no, ahí estaba un gorila perfecto, balbuciendo cosas ininteligibles y comiendo ortigas dentro de la pantalla. Giré mi cabeza aturdido saliéndome de la absorbente pantalla y… ¡yo ya no era yo! Bueno, era yo solo que más simio. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? La tele había desaparecido, mi casa, mi comida, todo se había ido, hasta mi cerveza. Fue en ese momento cuando empecé a preocuparme de verdad. ¿Dónde diablos estaba? ¿Qué había pasado conmigo? ¿Y con R? Emití unos sonidos guturales y avancé por la selva. No quería estar sólo. Necesitaba a los míos. Avancé y avancé hasta que se hizo de noche. Entonces tiré de memoria genética para recordar cómo repámpanos se hacía un nido. La verdad es que muy bien no me quedó y lo de la techumbre para la lluvia aún no lo controlaba. Así que me eché ahí a pasar frío y soportar la lluvia nocturna. A la mañana siguiente abrí un ojo con sobresalto al notar que nada menos que 20 enormes gorilas me observaban entre divertidos y curiosos a pocos metros de distancia. Yo siempre había querido ver gorilas, pero verlos siendo uno de ellos era algo completamente diferente. Esta aterrorizado, esas bestias de espaldas plateadas y 350 kilos y mirada furiosa. Y si me tomaban por un macho invasor, pero si ni siquiera me gustan esas peludas barrigudas. Entonces se acercó un pequeño gorila y se lanzó a mis brazos. De repente todo era distinto, lo comprendía todo. Pablo me abrazaba, Beethoven se reía a carcajadas, hasta Coco estaba ahí, viejita y cariñosa. Se reía, de verdad que se reía, y se reía de mí. “Anda que esto humanos…”.

Entonces todo volvió a la realidad. El barbudo R seguía allí hablando de cosas sin sentido con su traje de lujo, comprado o regalado, con sus balbuceos, con su verborrea adormilante. Parpadeé unas cinco veces, más o menos, y le miré fijo a los ojos. R me devolvió la mirada y se encogió de hombros. Dentro de mí volví a escuchar: “Anda que estos humanos”. Y como dije, ese fue el momento más importante de mi vida. El del cambio. El momento antes de coger un avión y venirme a los Montes Virunga a vivir con los gorilas. Ahora soy un humano feliz, aunque paso un poco de frío por eso del pelaje.


Gracias Fossey por enseñarnos lo gorilas que podemos llegar a ser.

lunes, 17 de octubre de 2011

El viejo y el mar


Perseguir un Martín hasta el infinito de tu ser y perderte dentro de ti, junto a las lágrimas de tu edad. Manos callosas que ya apenas pueden sostener el sedal, que caería yermas si no fuera por la inercia del uso. Un remo roto sobre las cabezas de los tiburones perniciosos que habitan la mar, dispuestos a arrebatarte hasta el menor de los premios obtenidos. Sólo una cosa mantiene en píe al viejo que llevamos dentro, la constancia en la lucha por su vida. Levantarse temprano, preparar los aparejos, hacerse a la mar y tener fe, fe en sí mismo. Un día tras otro, una hora tras otra, una luna tras la siguiente, y luego otra más. Constancia y fe. No perderte en el fondo de la mar porque la brújula, fiel, sigue apuntando al mismo sitio, el fondo de tu corazón. 


Si hay que comer pescado crudo, se come. Si hay que matar tiburones con un remo, se matan. Si hay que llegar a tierra sólo con el esqueleto del mayor Martín que has pescado en tu vida, se disfruta de los huesos. ¿Por qué? Porque la magia del Martín no está en la recompensa del pez, sino en la hazaña de pescarlo. Por que la esencia de la vida no es llegar a viejo, sino ser mar.


"He was an old man who fished alone in a skiff in the Gulf Stream and he had gone eighty-four days now without taking a fish. In the first forty days a boy had been with him. But after forty days without a fish the boy's parents had told him the the old man was now definitely and finally 'salao', which is the worst form of unlucky, and the boy had gone at their orders in another boat wich caught three good fish the first week. It made the boy sad to see the old man come in each day with his skiff empty and he always went down to help him carry either the coiled lines or the gaff and harpoon and the sail that was furled arround the mast. The sali was patched with flour sacks and, furled, it looked like the flag of permanent defeat".

sábado, 1 de octubre de 2011

Master and Commander

Café humeante en taza de latón y beicon frito al despertar. Paseos nocturnos por la cubierta escuchando el crujir de las maderas y cabos. Sextante y cronómetro en mano a las 12 en punto para calcular la latitud y longitud aproximada. Noches en la cabina del capitán, violín y violonchelo juntos, tocando a Boccherini, Locatelli y Haynd. La emoción de la batalla desigual, de la estrategia, la persecución, la gloría y la amistad. Jack Aubrey, “el afortunado” y su compañero Maturín recorriendo el mundo de misión en misión.

Quién no se queda obnubilado observando cómo se mece en la mar un inclinado bergantín empujado por la marea. Quien no siente la magia, la fuerza de un navío de guerra como la Victory surcando los mares sin miedo, proa avante a toda vela por la más cruel de las tempestades. La Sophie, La Worcester, La Boadicea, La Leopard, pero sobre todo La Surprise, la fragata Surprise.

Estando en Liverpool solo, en tierra inglesa, mala comida y mal tiempo, lengua extraña, mis mejores compañeros fueron ellos: Aubrey y Maturin. Tras la jornada de trabajo y las relaciones sociales pertinentes, el mayor placer era meterte en la cama bien arropado y leer sus aventuras, seguirles, vivir con ellos. Cuatro meses en los que leí sin cesar uno y otro, y otro de sus libros. Y sentía ser uno más de la tripulación, en las vergas aferrado, en la batalla sangrienta sufriendo por tu vida, luchando a la desesperada, la tranquilidad después de la tormenta, la emoción en un pequeño islote lleno de extraña vida o el subirte de madrugada a empellones al puente para ver atónito el limpio vuelo de un albatros. La vida en el mar. La vida en el mar, en la época, debía de ser dura, casi horrorosa, hambre, sed, muerte, soledad… pero por otra parte… ¡vivir en el mar! Poder levantarte cada mañana con el olor a salitre y el sol en la cara, la frescura, sentir la libertad de estar ahí, en medio de la nada, en medio del todo.

Veinte libros y medio configuran una vida, veinte libros y medio vinculados a la mar y la vida que en ella se hacía. Veinte libros y medio suenan a mucho, pero se acaban bien rápido, tanto que tienes que parar para que esa magia no se te acabe demasiado rápido. Y no hay sustituto. Patrick O’brian es Patrick O’Brian, el mejor escritor de libros costumbristas marítimos que hubo y habrá nunca. ¿Por qué? Porque no te cuenta las vidas de sus personajes, te las hace vivir. Veinte libros y medio y una película, fantástica por cierto. Jack Aubrey es sin duda tal y como le muestran en Master and Commander. Cuando vi a Russell Crow no me lo podía creer, quizá un poco más serio que el verdadero Aubrey, pero era tal y como te lo imaginas en los libros: Jack, Jack Aubrey “El afortunado”.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Los viajes de Gulliver



Tal vez Lemuel Gulliver se lanzó a los nuevos mundos sencillamente porque no comprendía al ser humano. Es posible que Gulliver, asqueado de la falta de cariño, de respeto por el prójimo, de amor, en definitiva, decidiera embarcarse y desaparecer del mundo conocido. Pero no pudo escapar de lo que era, de lo que siempre seremos los humanos, querámoslo o no: un simple yahoo, con todas las connotaciones que eso tiene.

Huyendo de la vanidad y el engreimiento desembarcó en Lilliput, donde comprendió que el tamaño de la mezquindad es inversamente proporcional al del ego, como les ocurre a los políticos.

Capturado en Brobdingrag descubrió la opresión y la esclavitud del poderoso frente al débil, la infravaloración y los tempranos límites de la inteligencia que algunas personas, perdón, seres, pueden alcanzar.

Más allá, en Laputa se encontró con la sobre estimación de la tecnología y la sabiduría científica panacea de todos los males, infalible bálsamo de Fierabrás, tecnología tan sublime que es capaz, incluso, de destruir su propio mundo. Es posible que algunos políticos no-ecologistas, bebedores de religión científica que aplacará a los dioses de la sobre explotación acaben viviendo bien, después de todo, en Laputa.

Finalmente Gulliver, sí sí, el mismo huidizo yahoo que reniega de la brutalidad humana, se encuentra consigo mismo, con nosotros, vamos, con ellos, también: los yahoos. ¿Dónde? En el país de los Houyhnhnms. Donde comprende lo salvaje que puede ser un humano que dedicadamente reúne las peores cualidad de un liliputiense, de un Brobdingrag, de un Laputiano y, cómo no, de un bestial yahoo, que es lo que somos. ¿Por qué nos gustan los caballos? He aquí la respuesta. ¿Por qué montamos a los caballos y los tratamos como animales? He aquí la sinrazón.

Así pues, al pobre Gulliver, al llegar a casa, no le queda otra que vivir apartado en sus cuadras, tratando de evitar el contacto con los despreciables yahoos que habitamos en este planeta.
Y esto es más o menos lo que Jonathan Switf quiso contarnos sobre la política, los políticos, nosotros mismos y nuestra querida mezquindad. No es un libro de aventuras, por favor, es una pura ironía sobre lo que somos. 

El único pero es que nos de vergüenza vernos reflejados de una manera tan realista y que… bueno, no hayamos cambiado un ápice desde 1726, sobre todo los políticos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El circulo de los mentirosos



EL VIAJE DE MONEDA

Un día una moneda decidió saltar del cerdito,
mal ejemplo para el buche porcino
que bien pronto se quedó sin su valioso relleno.
Es lo que tienen los cuartos,
que yéndose los delanteros



se pierden los traseros.


Otro día, 
nuestra moneda exploradora encontró un hogar lleno de luces.
Saltó por el estrecho agujero
y entre limones y diamantes
encontró a mil amantes.
Sonido de victoria,
clarines y trompetas,
y en cascada de plata se fueron todas ellas
en busca de nuevas pesetas.


Hallábase "Moneda" asentada en su monedero,
tranquila,
reposando,
cuando recordó de repente el cumpleaños de su abuelo.
Menos mal que la cabina no estaba muy lejos.


Habló y habló nuestra Moneda
durante dos largos minutos
y al acabarse el tiempo calló y cayó en silencio,
aburrida entre otras monedas.

Las manos eran viejas y curtidas,
la voz áspera y seca.
Moneda oyó el click 
y al tiempo que la luz la iluminaba ellas se precipitaban hacia la saca.
Entonces ocurrió el milagro:
Uno 
Dos
y tres,
hasta tres veces rebotó en el borde 
y al final cayó al suelo.

El anciano la miró perplejo, curioso.
Algo tenía de extraño esa moneda.
Ella se sonrojó nerviosa,
nunca se había sentido tan observada.
De hecho se sintió especial.
La mano bajó con ternura,
la sopesó con añoranza y recuerdos buenos,
el ojo parpadeó dos veces,
y la nariz dio un respingo.
Hubo un momento de suspense...
pero al final, el viejo se la metió en el bolsillo de la camisa,
el del corazón.

Era domingo, tocaba visita.
Preparó su mejor bastón, 
el más robusto,
y se fue a casa de su hijo para ver a su nieto.
Le recibió una gran sonrisa llena de abrazos y achuchones.
Entonces él le dio el paquetito y dos golpecillos en el pelo.
Grandes los ojos,
las palpitaciones muy fuertes,
su primera moneda, Moneda.

De la mano fueron hasta el pequeño cerdito.
Ahí, en la panza redonda
podría descansar de sus muchos ajetreos.
El niño introdujo su primera peseta 
y por fin Moneda se sintió como en casa.



Y esta es, sin duda, la manera preferida en la que las monedas pequeñas viajan por el mundo de uno a otro cerdito.